11 de Diciembre 2016

El 11 de septiembre en Nueva York, relatado por un periodista de la AFP


El periodista Michel Moutot formaba parte del equipo de la AFP en Nueva York el 11 de septiembre de 2001. Éste es su relato de esa jornada histórica.

Son las 08h40 del 11 de septiembre de 2001. Empieza una hermosa mañana de finales de verano en Nueva York. Las vistas desde la oficina de la AFP, en el piso 34 de un rascacielos de Manhattan, son preciosas.

Enciendo la televisión. En el canal de información continua New York One el presentador anuncia: “Nos señalan que hay un incendio en los pisos superiores de una de las torres del World Trade Center”.

Siguiendo las imágenes, puesto que no tenemos vista directa a las torres gemelas, empiezo a escribir un artículo simple, de pocos párrafos. El título: “Incendio en lo alto de una de las torres del World Trade Center”. El humo oculta la inmensa brecha provocada por el Boeing en la fachada del edificio.

Primera alerta: “Un avión se estrella el martes por la mañana contra una de las torres del World Trade Center en Nueva York, informan las cadenas de televisión estadounidenses”. Se difunde en el hilo informativo de la AFP a las 08H58, hora de Nueva York.

¿Un avión de línea? Pienso en la “operación Bojinka”, un complot organizado por islamistas radicales en 1995 que habían planeado desviar aviones comerciales por encima del Pacífico para estrellarlos contra edificios…

09H03: en directo por la CNN, el vuelo 175 de la United Airlines se precipita contra la Torre Norte. Como todo el mundo, estoy conmocionado por estas imágenes. Segunda alerta.

El día será largo, la noche también. Nuestros corresponsales en la sede de Naciones Unidas, Michel Leclercq y Robert Holloway, toman el metro rápidamente, antes de que corten el tráfico. Con los ojos pegados a la televisión, escribo un artículo detrás de otro.

– ‘¡Bombardeen Oriente Medio!’ –

Un minuto antes de las 10H00, después de arder durante 56 minutos, la Torre Sur se desploma, dejando en el cielo el rastro de su silueta en polvo. Aterrador. Tardo 30 segundos en comprender lo que estoy viendo. Justo 29 minutos más tarde, la Torre Norte también se derrumba. A las 09H37, otro avión de línea se estrella contra el Pentágono en Washington.

¿Cuántos aviones desviados se encuentran todavía en vuelo? ¿Qué otros objetivos puede haber? ¿La Casa Blanca? ¿El Capitolio? Me acuerdo que el “proyecto Bojinka” planeaba desviar 11 aviones.

En Manhattan, el metro está parado, casi no hay circulación. Obedeciendo las consignas, la población del sur de Manhattan empieza a subir hacia el norte. Una muchedumbre silenciosa, aturdida, en algunos casos recubierta de una gruesa capa de polvo gris, se ha puesto a andar.

La red de telefonía móvil está saturada. No puedo ponerme en contacto ni con Robert ni con Michel, ni tampoco con nuestro fotógrafo Stan Honda. Sus esposas llaman regularmente y no sé qué decirles, incapaz de asegurarles que no, que no se encontraban en el interior de las torres cuando se desplomaron. Tardarán varias horas en llegar a pie a la oficina, en la calle 46, donde los recibimos como héroes.

Tomo el relevo en la calle. Sólo algunos vehículos de bomberos o policía, con las sirenas activadas, bajan por la Tercera Avenida. Las aceras están abarrotadas de gente. Aparco mi moto en Canal street y sigo a pie.

En medio de un silencio sepulcral, que en Nueva York solo se da en los días de tormenta de nieve, camino hacia la nube negra y los reflejos del incendio que se adivinan por encima de los tejados. No es nieve lo que se acumula en la calzada y las aceras, sino una materia extraña, una mezcla de cenizas, polvo y hojas de papel.

En la esquina de Greenwich y Harrison, la capa se hace más espesa y lo recubre todo. La calle, los coches, las señales, los buzones, las bocas de incendio, las basuras, los semáforos, los andamios, un perro que debía ser pardo y se sacude en vano, todo desaparece bajo 15 centímetros de talco grisáceo, de donde emergen millones de hojas. El manto blanco ahoga los sonidos, los pasos. Por todas partes hay zapatos, sobre todo de mujer, tacones altos abandonados para poder correr más rápido. En un parabrisas, un dedo anónimo ha escrito en el polvo “¡Bombardeen Oriente Medio!”

– Sin florituras –

En el centro de Barclay Street, un agente de policía transformado en un lívido espectro avanza con extrema lentitud. Mira hacia adelante pero parece no ver nada, con los hombros caídos, el paso cansino, la boca abierta y los brazos colgando a lo largo del cuerpo. La funda de su pistola está vacía, su porra pende al revés de su espalda. Se sienta sobre algo, tal vez una caja, se quita la gorra, la golpea contra el muslo y estalla en un silencioso llanto.

Las luces de emergencia iluminan desde abajo inmensas columnas de humo. Algunas llamas escapan de la maraña de metales, vigas retorcidas, pedazos de pared, estructuras destrozadas, montañas de escombros. ¿Qué altura tiene? Cuento los pisos de un edificio adyacente, increíblemente intacto. Ciento diez pisos compactados en seis. Las llamas salen de todos lados. Los chorros de agua de los bomberos caen como una lluvia. Un camión rojo ha sido aplastado, transformado en una placa de metal de 90 centímetros de espesor. Algunos coches de policía parecen haberse fundido.

Captar imágenes, sensaciones. Unas frases, un gesto, un olor, una escena, una palabra. La crónica se prepara dentro de mi cabeza, se escribe prácticamente sola. Simple, hay que hacerlo simple. La historia es tan fuerte, tan enorme, tan más allá de todo, que hay que dejar de lado las florituras. Menos es más.

Llega la hora de volver a la oficina. Con todas las televisiones encendidas, en un ambiente serio, tenso pero sereno, mis amigos y colegas están aliviados de verme llegar. No tengo necesidad de releer mis notas.

“Herida, conmocionada, aturdida, Nueva York se dispone a vivir el martes, al final de una jornada de espanto, la peor noche de su historia”. AFP.


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