21 de Febrero 2018

Continúa búsqueda de víctimas de tragedia en El Cambray II

Por: Alejandro Chet



Cuatro días después de la tragedia de El Cambray II, en Guatemala, las secuelas en el personal de búsqueda y rescate son evidentes, pero, aunque el ánimo está “por los suelos”, continúan buscando con ahínco a los 300 desaparecidos y lo hacen por un único motivo, el más humano, “amor al prójimo”.

Bomberos voluntarios explicaron que la situación es “desoladora” y que las imágenes que ven una y otra vez en la nueva “zona cero” son “de película de terror”, estampas que queman la retina.

Estos comentarios van unidos a un lamento común: “Ya no se escucha a nadie gritar pidiendo ayuda”.
El calvario comenzó el pasado jueves, cuando un alud arrasó un asentamiento aledaño a la capital, provocó casi 150 muertos y se convirtió en la mayor catástrofe natural que sufre el país centroamericano en lo que va de año.

Este fatídico episodio acabó con muchas vidas, partió a la mitad otras tantas, y la ciudadanía guatemalteca, que ha bregado contra la adversidad, ha dado buen ejemplo de lo que significa la solidaridad, sin ir más lejos, recabando toneladas de alimentos, víveres y útiles varios que abarrotan los centros de acopio y los albergues.

Tal es la colaboración que las autoridades, y también las propias organizaciones sociales, han tenido que pedir “un compás de tiempo” para poder reubicar las aportaciones llegadas hasta el momento, antes de seguir recibiendo más. El personal de rescate no se mantiene al margen de la cooperación que unió a una sociedad caracterizada por las marcadas diferencias sociales.

Por cuarto día consecutivo, un grupo de bomberos inició hoy su jornada, bien temprano, con una reunión en el acceso a un asentamiento.

Apenas habían dado las 5.00 de la mañana (12:00 GMT) cuando una decena de efectivos, que esperaban a sus compañeros, se resguardaban de la lluvia bajo un pequeño toldo que no daba cobijo a todos, aunque no parecía importarles.

El silencio ha imperado en el ambiente. Arnoldo, un miembro del equipo, contó a Efe que estuvo presente durante todas las labores de búsqueda y que la única motivación que siente es “ayudar al prójimo”.

“Ayer nuestro grupo rescató (sin vida) a una familia de siete miembros. Es muy duro”, reconoce apenado mientras va caminando bajo una lluvia incesante hacia la zona cero, y agrega que no deja de pensar en sus cuatro hijos y su familia: “¿Y si fuera alguno de los míos?”, se pregunta lacónico.

El domingo se cumplieron las 72 horas establecidas en el protocolo internacional para la búsqueda y rescate de víctimas, pero las autoridades anunciaron que seguirán hasta que las condiciones climáticas y de seguridad lo permitan porque la prioridad es recuperarlos a todos.

Una decisión, y, sobre todo, un sentimiento, que comparte Arnoldo: “Es complicado el rescate, pero darles paz y descanso es lo menos que podemos hacer”.
Víctor, otro de los miembros que conforman estas labores de rastreo, dice no saber qué es lo que lo mueve a continuar, y que lo más duro es rescatar a niños y bebés.

“Ayer sacamos a tres niños. Llevar a una bebé de tres años en brazos… ¿sabes lo que es? Es muy duro”, lamenta con los ojos enrojecidos y casi cerrados, producto de interminables horas de trabajo.

“Hay que tener mucho valor, porque eso está muy crudo”, enfatiza mientras señala con su dedo índice hacia las toneladas de tierra que ocultan, como él subraya, una desgracia de magnitudes impensables.

“El sentimiento es muy fuerte, no se puede explicar”, apunta cabizbajo y se da la vuelta para sentarse y esperar a que la lluvia cese y a que los coordinadores autoricen la reanudación de la batida.

Mientras los expertos evalúan la estabilidad de la zona, cada vez “más en riesgo” y “más inestable” debido a las abundantes precipitaciones que erosionan el terreno, el personal de rescate se organiza en grupos y reparte material.

“¿Llevan guantes, mascarillas?”, pregunta uno de los encargados, a lo que algunos responden de forman negativa y este repite: “Pues ya saben que eso es obligatorio”.

Al momento, uno de los compañeros distribuye los utensilios, eso sí, desechables, porque “no hay presupuesto”.

Un capataz, que no se cansa de advertir sobre los riesgos una y otra vez, exclama en alto: “¿Hay alguien cansado? Por favor, avisen. Es muy duro. Vamos a estar ahí durante dos horas seguidas”.

Todos miran hacia abajo, ninguno levanta la mirada. Aunque la fatiga es lógica y normal, saben que su trabajo es necesario y que no pueden dar marcha atrás.

Para despejar, toman café y charlan en pequeños grupos de temas banales como el fútbol, con los que buscan algo que se asemeja imposible: despejar la mente.

En realidad, reconocen que no lo consiguen: “Nuestros pensamientos y nuestros corazones están con las víctimas”.

Al instante, llega el momento de partir, de retomar las labores de localización: “Vamos equipo”.

Esa es la voz de alerta que denota que empieza una nueva jornada, donde vehículos motorizados y efectivos trabajan removiendo tierra para poder extraer, minuciosamente, todos los restos humanos que se puedan encontrar y darles “cristiana sepultura”.

Entre servicios de emergencia, víctimas, gritos, llanto y muerte, los flashes han reparado en una perrita, a la que sus salvadores han puesto por nombre “Campeona”. Pertenecía a una adolescente que pereció en el accidente y que, tras recuperase, buscará un nuevo hogar. EFE



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