Nota de EU89.7
“Ya existía una pandemia de abandono”, señala líder comunitario

La pandemia está diezmando a las comunidades indígenas de América Latina, blanco perfecto del coronavirus por sus precarias defensas ante enfermedades y la desatención estatal histórica de que son objeto.

El anuncio de la muerte por Covid-19 del cacique brasileño Paulinho Paiakan, un emblemático defensor de la Amazonía, puso cara a la tragedia que asola a muchos de los 420 pueblos originarios que viven en la cuenca amazónica.

Su fallecimiento en un hospital de Redencao es uno más de los cerca de 300 que enlutan a 100 comunidades, según la Articulación de Pueblos Indígenas de Brasil (APIB), quintuplicando las muertes de 2019.

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Es una pérdida crucial para la vigilancia de la selva, un año después de los incendios que arrasaron enormes extensiones de este pulmón planetario.

La APIB acusa al gobierno del ultraderechista Jair Bolsonaro de no haber “hecho nada” para contener el avance del virus en las aldeas, donde viven 750.000 nativos y que registran al menos 5.360 contagios.

Pandemia de abandono

En Guatemala, un país con la mitad de habitantes originarios, los planes asistenciales de los gobiernos “no han tenido impacto en lugares donde vive la mayor cantidad de población indígena”, sostiene un informe de la Procuraduría de los Derechos Humanos (PDH) publicado a principios de junio.

Como consecuencia, banderas blancas ondean en muchas viviendas de estas comunidades rurales, un método adoptado para pedir auxilio ante la falta de recursos.

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Daniel Pascual, coordinador del Comité de Unidad Campesina (CUC) de Guatemala, dice a la AFP que “hay niveles muy altos de discriminación” hacia los indígenas en las acciones del gobierno para atender la crisis.

“Ya existía una pandemia de abandono” de los pueblos originarios, lamenta el dirigente maya.

“Tendencia preocupante”

Las cifras de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) hablan de al menos 20 mil indígenas infectados en la cuenca del río Amazonas, que atraviesa Brasil, Perú, Colombia, Bolivia, Ecuador, Venezuela, Guyana y Surinam.

“Estos grupos viven tanto en aldeas aisladas con acceso mínimo a servicios sanitarios como en ciudades densamente pobladas como Manaos (en Brasil), Iquitos (en Perú) o Leticia (en Colombia)”, detalló su directora, Clarissa Etienne.

Pese a las campañas para evitar que estas poblaciones se trasladen hacia los centros urbanos, en algunos casos quienes los exponen al virus son invasores como los garimpeiros, o quienes trabajan en explotaciones madereras o agropecuarias.

Los datos de la OPS muestran “una tendencia preocupante hacia una alta transmisión en las zonas fronterizas” que a menudo albergan poblaciones vulnerables, como indígenas, migrantes y jornaleros, y carecen de buenas infraestructuras médicas, resumió Etienne.

Pérdida de los sabios

Con una diadema de plumas, collares de colmillos sobre su torso desnudo y un tapabocas quirúrgico, Remberto Cahuamari, líder de la comunidad ticuna en El Progreso, en el departamento colombiano de Amazonas, teme que la pérdida de sus “abuelos” por la covid-19 les arrebate la sabiduría ancestral para transmitir a las generaciones de relevo.

“Si ellos llegan a terminarse”, dice a la AFP, “quedaríamos con nuestros jóvenes que para el futuro no conocerían nada de nuestras culturas, de nuestros usos y costumbres. Eso es a lo que tenemos miedo”.

Un hombre con el rostro oculto bajo una mascarilla y careta plástica y con un palo vigila estoico el ingreso a esta aldea, a la que solo se puede llegar en curiara por el Tucushira, uno de los más de mil afluentes del Amazonas.