La Odisea es un espejo moderno de nuestra barbarie
Farándula

La Odisea es un espejo moderno de nuestra barbarie

El héroe que vemos en pantalla no es el arquetipo de perfección que nos vendieron en los libros de texto.

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La película sigue la historia de Odiseo, interpretado por Matt Damon., Cortesía
La película sigue la historia de Odiseo, interpretado por Matt Damon. / FOTO: Cortesía
Gabriel Arana Fuentes
Columna de cine

Periodista cultural todoterreno amante del cine. Ganó el Premio Nacional de Periodismo Cultural en 2017. De la prensa escrita a la digital, ha sido editor, docente y consultor. Además, actor ocasional.

La virtud de esta propuesta recae en la humanización absoluta del héroe pese a los eventos fantásticos que envuelven su odisea. Acá, el Odiseo de Matt Damon se cuestiona sus actos, tarde, pero lo hace. Durante siglos, el canon literario griego operó como un producto inmaculado, intocable bajo el peso de un eurocentrismo que pretendía elevarnos por encima de otras mitologías, -este no lo tocan, los personajes deben ser blancos- como si el panteón olímpico otorgara una superioridad moral -Helena de Troya no puede ser de otro color-. Nada más lejos de la realidad. Esta adaptación rompe con esa lógica museística para recordarnos que, si despojamos a la epopeya de sus deidades y sus eventos divinos, nos quedamos con una verdad incómoda: somos los mismos salvajes que poblaron el Mediterráneo, solo que ahora vestimos ropa moderna y habitamos un entorno tecnificado.


La decisión narrativa de eliminar la intervención divina masculina no es un mero capricho estético. Funciona como una estrategia para no desviar la atención del espectador hacia la acción espectacular sobre la sustancia humana. Esa ausencia de deus ex machina permite que brille, con luz propia, la crítica al comportamiento de nuestra especie.

La bajeza que exhibe el caballo de Troya, lejos de ser una mancha en el historial del protagonista, es un destello de esencia e innovación. Si aceptamos la historia mítica como un registro de eventos reales, así ocurrió; no hay cinismo en la cinta, sino una apuesta por ofrecer matices de realidad a un entorno que siempre quisimos ver como una lección de moralidad, cuando en realidad fue un manual de supervivencia. Una acción de guerra baja. Solados embarrados de inmundicia esperando asaltar una ciudad.


El héroe que vemos en pantalla no es el arquetipo de perfección que nos vendieron en los libros de texto. Cuando Odiseo decide cegar con su flecha al cíclope en un arranque de venganza, queda claro que la acción fue innecesaria. Esa no es una ejecución heroica. Es la representación de un hombre que, bajo presión, cede ante sus instintos más primarios. Esta es la gran victoria del guion: retratar a alguien que carece de la rectitud divina, alguien que se equivoca, que siente odio, que mata por despecho. Es una adaptación real a nuestra época donde la perfección es un mito publicitario y la fragilidad es la única constante que todos compartimos. Este ser primordial es invadido en su casa y no ve en los soldados otra cosa que comida, y Odiseo lo cega... vaya héroe. Hace unos días leí que fue un títere.... qué cosa más maravillosa. Lo sentí real.

En el contexto actual, la conexión con el presente resulta evidente. La multiculturalidad étnica que la obra despliega no existe para cumplir con una cuota política; es una evidencia necesaria de lo que somos como planeta. Quienes critican esta visión solo se ven el ombligo, incapaces de reconocer que, en medio de las guerras de información que hoy nos consumen, el individuo está solo. Hacemos cualquier cosa a cualquier costo con tal de conquistar, de ganar, de sobrevivir. En este ecosistema, la certeza es un lujo inexistente. Por eso Penélope duda de toda la información que llega; por eso Odiseo no se queja de su destino, sabé las cabronadas que ha hecho.

Por eso Penélope cobra una relevancia radical. En esta versión, ella es la encarnación del espectador contemporáneo. Ante la incertidumbre de la guerra y la falsedad del discurso público, -Odiseo está muerto, o quizá no- solo le queda como recurso escuchar noticias, filtrar rumores y, sobre todo, no creer todo lo que le llega. Su salvavidas, ese broche que le permite distinguir la verdad de la mentira, es la metáfora definitiva de nuestra vida digital. Hoy nos falta ese broche. Vivimos en una constante sospecha donde detectar información falsa requiere un esfuerzo titánico que la mayoría se niega a realizar. La obra no nos dice qué pensar, sino que nos obliga a preguntarnos si somos capaces de ver a través de la niebla. La cinta tiene anacronismos que no están asociados a esa época: llamar a los padres mamá o papá, hablar de una "era de bronce". Pero hacerle caso a toda la mala prensa que ha tenido esta y otras películas... no lo sé, yo, al menos, escucho y verifico.

Los actores lo hicieron bien, pero el mejor es Jhon Leguizamo, Elliot Page no es Aquiles, y el meme que anda en redes sobre Lupita Nyong'o es reducirla a un cuadro de la interpretación de sus dos personajes. ¡Tenés que verla!

@gabrielaranafuentes
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