La industria cinematográfica contemporánea padece una crisis de cobardía crónica, veamos a sus villanos, para públicos infantiles y adultos, simplones, simplemente ya no son como antes. Los despachos de las grandes productoras parecen temblar ante la remota posibilidad de traumatizar a las nuevas generaciones, optan por esterilizar cualquier asomo de malevolencia en sus relatos.
Lo digo luego de que anoche, en la tranquilidad de su hogar, muriera Tim Curry a sus 80 años. Para mí, él representó dos de los grandes villanos de su generación. Ahora regreso a la década de los años 1980 y no puedo dejar de pensar en El señor de las tinieblas que nos presentó en Legend. Un verdadero villano que en mi infancia me explicó el peligro de la tentación, y como la melancolía envenena. Fue una demostración magistral de dominación escénica.
La verdadera grandeza actoral habita en la caracterización vocal y la soberbia apropiación del discurso de este ser condenado a la oscuridad. Los cuernos, los ojos amarillos, el rapto a la damisela y aquella danza macabra... Un villano que daba gusto temer.
A su vez recuerdo su versión de Pennywise, en It de 1990. Ese payaso fue dueño de varias de mis pesadillas. Lo que trato de decir es que, al escudriñar a los gigantes animados de cine, descubrimos un vacío desolador: sus villanos son simples... villanos de pacotilla.
Sus producciones carecen de antagonistas capaces de infundir aquel terror primigenio que eriza la piel, que te hace dudar o al menos reír, no cumplen con nada en la actualidad.
La moralina tipo Disney/Pixar asume, con un cinismo alarmante, que la perversidad intrínseca es apenas un mito, o por lo menos en los últimos 20 años. Simplemente ya no hay malos, y no siempre tienen que dar miedo... El Hades de Hércules es chistosísimo y no por eso una apología al mal. Ahora, el mal absoluto desapareció; solo encontramos individuos incomprendidos, víctimas de traumas pasados obligados a redimir sus pecados antes de los créditos finales. Frente a este paisaje estéril, el monumental legado de un histrión camaleónico como Tim Curry emerge como recordatorio de lo que el séptimo arte sacrificó al domesticar sus sombras.
El depredador bajo el maquillaje: payaso comeniños
Resulta imperativo diseccionar la naturaleza del pánico que este artista logró inyectar en las venas de la cultura pop. Pennywise engaña a la vista mediante una fachada perversamente lúdica. A simple vista, encarna un villano infantil gracias a su indumentaria circense, pero conformarse con esa apariencia superficial significa caer en una trampa mortal. Hablamos en realidad de una entidad diseñada para devorar adultos o niños, hábilmente disfrazada con la inocencia de un payaso.
La genialidad de su ejecución radicó en corromper un símbolo de alegría, retorciéndolo hasta transformarlo en un depredador implacable venido del espacio exterior. Su voracidad ancestral, desplegando un terror psicológico que trasciende el susto barato se ancló entonces en mis pesadillas, supongo que no fui el único, solo queda decir que ahora se une a Jonatan Brandis (1976-2003), el actor infantil que compartió escena con él en esa cinta.
Presento un saludo marcial a una trayectoria irrepetible, un camino pavimentado sobre la valentía de abrazar lo grotesco sin emitir jamás una disculpa, y eso que solo hablo de esa faceta de su carrera, porque en comedia también tuvo momentos irrepetibles. Vivió el retiro forzado luego del derrame cerebral de 2012 que lo confinó a una silla de ruedas, grande Tim Curry, hoy veré Legend en tu honor, descansá en paz.
@gabrielaranafuentes




