El camino que arrancó un 5 de octubre de 2004 está a punto de terminar luego de dos décadas enteras de ires y venires, de pausas insufribles y de una relación de amor y odio con una pantalla que nos prometió la gloria eterna y, a ratos, nos castigó con toneladas de paja... es la serie con más relleno según mis archivos.
Pero basta de quejas, aquí estamos, con la mirada clavada en la recta final de Bleach: La guerra de los mil años: La Calamidad, listos para presenciar, por fin, qué le depara el destino a Ichigo Kurosaki: mi hipótesis es que se fusiona con el Rey espíritu, lo digo porque no leo el manga. Esto no es un ajuste de cuentas furioso; es una conmemoración visceral. Una tregua con el pasado para celebrar el viaje de un héroe que maduró a golpes junto a toda una generación. Los últimos 20 años nos ha tratado dura la vida ¿o no Ichigo?
De paria a jefe de jefes
El concepto del "camino del héroe" en la animación japonesa suele ahogarse en sus propios clichés, pero la verdadera innovación de Bleach siempre radicó en la terquedad orgánica de Ichigo. No nació perteneciendo al club de élite. Pasó de ser un intruso indeseado en la Sociedad de Almas a sacarle el respeto a punta de persistencia, estocadas y nudillos ensangrentados, aquellos capitanes que lo rechazaron ahora los tiene de iguales, o inferiores..
La lección de fondo nunca fue sutil, pero sí implacable: el poder alcanzado jamás es suficiente, el entrenamiento se queda corto y en la esquina menos pensada siempre hay alguien dispuesto a reducir al orden. La única constante es no rendirse.
Imposible no sentir un calambre de nostalgia al revisar la memoria: el instante cero en que Ichigo acepta los poderes de Rukia y enfrentarse a los Hollow; la deslumbrante revelación de su Bankai diciendole a Byakuya Kuchiki -sho, papito-; la magistral jugada de póker y traición de Sosuke Aizen acompañada de la serpentina y misteriosa doble traición de Gin Ichimaru -aún me duele esas muerte-; o esa carnicería absoluta en Hueco Mundo donde Ichigo mutó en Vasto Lorde para triturar a Ulquiorra Cifer, en una de las tres mejores peleas que nos ha regalado este arte (todo mientras la versión tierna e infantil de Neliel y sus amigos aportaba el respiro perfecto entre el caos).
Incluso, tras tragarnos la vergonzosa cantidad de relleno que arrastró la serie a lo largo de los años —con tragos tan amargos que la saga de los Fullbring casi me hace soltar la toalla—, llegar a The Blade is Me y ver a Ichigo asumir sus raíces Shinigami, Hollow y Quincy empuñando las espadas dobles fue una catarsis absoluta. No importa si el guión lo favorece, si es fan service o deus ex machina... me encanta.
Luz, cámara y tijera: El espectáculo visual frente al atasco narrativo
En lo técnico, esta última temporada es un manjar pirotécnico. La evolución estética de Ichigo, la indumentaria y la animación desbordante de la Guerra de los mil años son un espectáculo visual innovador y salvaje. Sin embargo, el ritmo vertiginoso y la sobrepoblación de personajes le pasan factura.
Soy honesto: el tramo final sufre de una sobrecarga de subtramas. Nos ahogaron en el metraje innecesario de los amiguitos de Ichigo. Con todo el respeto por el plano terrenal, en esta recta Chad sobra, Inoue e Ishida tienen mucho protagonismo. Este banquete era para los Capitanes, los Quincy y el mismísimo Ichigo.
Esa saturación dejó un sabor agridulce en la repartición del pastel. Con Zaraki Kenpachi nos quedamos con las ganas de ver más sangre correr; su choque contra la Mano Pernida fue interesante pero absurdamente breve, igual que sus roces con Gerard Valkyrie... queríamos más Zaraki en modo Berserk merecía más tiempo. En la otra cara de la moneda, el foco ecchi y el dinamismo en el combate de Yoruichi regalaron minutos visualmente memorables.
Pero si hay un dueño absoluto del espectáculo oscuro, ese es Mayuri Kurotsuchi. Es, sin rodeos, el personaje más retorcido, complejo y egoísta del tablero, poseedor de los discursos más brillantes sobre la imperfección (cómo olvidar su cátedra en Hueco Mundo ante Szayelaporro Granz). En este arco, su batalla contra Pernida lo consolidó como un capitán invencible, entregándonos una estampa tan insólita como estremecedora: el sacrificio de Nemu y ese rasgo de inusual afecto que Mayuri deja entrever entre su frialdad científica.
La caída del Titán y la cuenta regresiva
El gran pecado narrativo del arco —y la herida que todavía lamento— fue la muerte de Yamamoto. Nos vendieron al Capitán Comandante durante dos décadas como el ente supremo del universo. En el arco de los Arrancar apenas necesitó su Shikai (Ryūjin Jakka) y sus puños desnudos para sembrar el terror, reservando su Bankai (Zanka no Tachi) únicamente porque su calor infernal habría reducido a cenizas la ciudad entera y a sus propios aliados.
¿Y cuál fue su saldo en esta guerra? Caer de un solo golpe anticlimático. ¿Así para qué tanto mito?
A pesar de los tropezones, los ritmos atropellados y el triángulo amoroso entre Rukia, Ichigo e Inoue que sigue flotando en un terreno ambiguo sin una resolución convencional, la expectativa por los episodios finales de este octubre está por los cielos. La hipótesis de ver a Ichigo integrarse definitivamente a la Sociedad de Almas o fusionarse con el Dios/Rey Espiritual está en el aire, pero lo que realmente exigimos es un cierre digno y definitivo, sin atajos ni spin-offs forzados.
Bleach no fue una obra perfecta; fue defectuosa, interrumpida y desesperante por momentos. Pero el viaje valió cada segundo de espera. Nos queda ponernos cómodos, subir el volumen y ver cómo Ichigo Kurosaki da su última estocada para cerrar, como se debe, un ciclo de veinte años.
@gabrielaranafuentes




