Explicación de la Risa en la Oficina: Latinoamérica y su Realidad
Farándula

Aunque da risa, La Oficina México explica por qué Latinoamérica es así

Crítica de la serie La Oficina México: adaptación de The Office que retrata la cultura laboral con precisión incómoda. Seguro has tenido un jefe así.

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La oficina, Cortesía
La oficina / FOTO: Cortesía
Gabriel Arana Fuentes
Columna de cine

Periodista cultural todoterreno amante del cine. Ganó el Premio Nacional de Periodismo Cultural en 2017. De la prensa escrita a la digital, ha sido editor, docente y consultor. Además, actor ocasional.

Oprimí play sin expectativa. Ocho episodios después, a las dos de la mañana, la sensación fue otra: esto no es una versión más de The Office. Es un espejo incómodo... no me avergüenza decir que los ví de corrido. Más que ver una serie de clima laboral casi recordaba escenas, jefes y compañeros del pasado; y seguro, te va pasar a vos.

@gabrielaranafuentes

🎥🔥 “Esto no es comedia… es Latinoamérica trabajando” Le di play a La Oficina México sin esperar nada… y ocho episodios después entendí algo incómodo: no es una serie, es un espejo. El jefe no lidera, intoxica. El empleado no trabaja, obedece. La oficina no funciona… se sostiene. No exagera. Reconoce. Y por eso pega. 💬 Decime: ¿te ha tocado algo así o seguimos fingiendo? @fdobonilla11@edgarvillavillita LaOficinaMexico CulturaLaboral TrabajoToxico SeriesLatinas Latam Oficina PrimeVideo ParaTi FYP

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La Oficina México no se limita a hacer reír

Esta serie ordena una experiencia compartida en el continente: trabajar en estructuras donde el poder define la lógica y la eficiencia queda en segundo plano. Creo que ese es el plus de la serie, esa incomodidad que no exagera lo suficiente como para sentirse ajena. Claro, hay escenas absurdas, pero tan bien hechas que no parecen ficción. Se parece demasiado a un enero-octubre, de cualquier año en este continente.

Jerónimo Ponce III, no es el jefe... es una catástrofe climática. Él no dirige: intoxica. Fernando Bonilla lo encarna como un gerente que gobierna por impulso y por herencia, un hombre que cree que la empresa es una extensión de su humor —y claro, "bebedor experto de Whiskey". Irrumpe, decide, se equivoca y vuelve a decidir lo mismo. No hay aprendizaje, hay repetición. Desde su primera aparición queda claro que la serie no busca chistes sueltos sino un retrato: el poder en Latinoamérica funciona así, iletrado, sin método y con aplauso obligado. La cámara no lo protege; lo deja hablar hasta que se delata. Y como pasa en la vida real, como tiene el poder, no le importa. Pero este ser tiene algo que la vida real no ofrece... En el fondo es un sujeto que quiere ser bueno y tener amigos. En la vida real, ese jefe busca ser alabado.

El empleado perfecto no trabaja, se arrodilla y lame suelas

Aniv Rubio es la pieza que completa el ecosistema, es el Sancho de ese Quijote de plutonio. Édgar Villa construye al devoto corporativo con precisión clínica. No exagera; reconoce un comportamiento, un arquetipo social. El tipo que anticipa el deseo del jefe, que abandona lo propio para servir, que convierte la sumisión en estrategia. No es un chiste, es una confesión colectiva. La serie acierta cuando entiende que la oficina no se sostiene por talento sino por obediencia bien administrada. A este punto lanzo la pregunta: ¿acaso no conocés o trabajaste con alguien así?

Adaptación hecha con el cora

La sombra de The Office existe, pero no ahoga. De The Office UK de Ricky Gervais toma la incomodidad, la base angular, Ricky se convierte en el fulcro que apoyó esa palanca tan obvia que en su momento no se había visto. De The Office US, con Steve Carell, recoge el ritmo, la manera en que te presentan los personajes, el humor. Aquí, en la versión de Amazon ocurre otra mutación: el humor no busca brillantez, busca reconocimiento. El meme no es adorno; es lenguaje utilizado en la serie. El falso documental deja de ser recurso y se vuelve testimonio. Aguascalientes deja de ser punto en el mapa y se convierte en síntesis regional. Sabrán los mexicanos dónde diáblos queda ese lugar, pero para nosotros como espectadores no nos importa, porque se siente muy cercano.

La cultura corporativa como farsa organizada

La serie exhibe aquello que solo quien ha sido proletario en una corporación sospecha. Aquellas dinámicas de equipo, discursos de liderazgo, términos reciclados: todo aparece como un teatro que solo funciona hacia arriba. Recursos Humanos existe para justificarse, con esas acciones. La meritocracia aparece como un mito útil. Los proyectos fracasan por personas concretas, no por falta de ideas. La cámara insiste en esa rutina hasta que se vuelve insoportable. Ahí está la gracia: no hay escape. Inserte acá "el océano azul, matar la vaca y todas esas ideas para llevar a la empresa al nuevo milenio".

El acierto mayor no es el protagonista; es el conjunto. Cada figura ocupa su lugar sin pedir permiso, sin sobresalir. La señora religiosa con sus estampitas de la virgen de Fátima, la vendedora improvisada por catálogo, el romance en ciernes, el personal que limpia el desastre ajeno. Todos entienden el tono y lo ejecutan. Bonilla carga el eje; Villa fija el ritmo; el resto completa el circuito. No hay relleno. Todos danzan el baile de la empresa latina.

Disponible en Prime Video, esta versión no busca competir con sus predecesoras; las usa como trampolín para algo más incómodo. La risa aparece cuando el espectador ya se reconoció en la pantalla. Ocho episodios bastan para instalar una certeza: La Oficina no exagera la realidad, la ordena. Y cuando ese orden queda expuesto, lo que queda no es comedia. Es diagnóstico. No hay duda de que a la hora del almuerzo, en las oficinas de la América latina, muchos verán en sus celulares episodios de esa serie, reirán y regresarán al cubículo a soportar al jefe.

A la pregunta ¿Habrá temporada 2 de La oficina México? pues Prime Video aún no lo confirma. Ojalá que sí.

@gabrielaranafuentes
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