El Diablo Viste a la Moda 2: Nostalgia y Corrección Política
Farándula

El diablo viste a la moda 2: Miranda fue amordazada con nostalgia y domesticada con corrección política

Ver The Devil Wears Prada 2 es regresar a las oficinas de Runway después de dos décadas. Se siente como una visita guiada por una morgue de lujo donde el cadáver el periodismo impreso de élite todavía luce un maquillaje impecable aunque sabe que está a un par de metros de la fosa.

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El diablo viste a la moda, Cortesía
El diablo viste a la moda / FOTO: Cortesía
Gabriel Arana Fuentes
Columna de cine

Periodista cultural todoterreno amante del cine. Ganó el Premio Nacional de Periodismo Cultural en 2017. De la prensa escrita a la digital, ha sido editor, docente y consultor. Además, actor ocasional.

Si bien esta cinta comienza como una crítica al mercado editorial, cosa que agradecí y sorprende porque parece un fenómeno mundial, las fans de hueso colorado encontrarán eso mas no tanto una historia de moda, diseñadores y alta costura. Creo que es preciso decir que en la cinta sí se encuentra un poquito para todos los gustos, pero solo eso.

@gabrielaranafuentes

¡Miranda Priestly ha sido amordazada! 👠🚫 ¿Es The Devil Wears Prada 2 una secuela necesaria o una visita guiada por una morgue de lujo? Regresamos a las oficinas de Runway dos décadas después para encontrar a una Miranda domesticada por la corrección política y a una Andy Sachs con una amnesia selectiva de clase. Meryl Streep, Anne Hathaway y Emily Blunt demuestran que su química es un fenómeno físico, pero ¿es suficiente para salvar un guion que prefiere no arriesgarse a la cancelación? Además, hablemos del elefante en la habitación: ¿Qué hace Lady Gaga ahí? 🤨 El diablo ya no grita, ahora susurra con desprecio... y quizás eso es lo más aterrador de todo. ¿Prefieren a la Miranda implacable de 2006 o a esta versión "recursos humanos friendly" de 2026? Los leo en los comentarios. 👇 #TheDevilWearsPrada2 #ElDiabloVisteALaModa #Cine2026 #ReseñaDeCine #PelículasRecomendadas #Nostalgia #MerylStreep #AnneHathaway #EmilyBlunt #LadyGaga #MirandaPriestly #Periodismo #Moda #CorreccionPolitica #GonzoJournalism #CriticaDeCine

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Cumple, pero hasta ahí

David Frankel, el modisto que diseñó con éxito la visión original, vuelve al taller para entregarnos una secuela que, lejos de ser el manifiesto disruptivo de moda -que algunos esperaban-, se conforma con ser un ejercicio de nostalgia funcional. La película no pretende dinamitar el sistema que la vio nacer; en cambio, se abraza a él con la desesperación de quien sabe que debe satisfacer el algoritmo y sus exigencias de contenido. Ese es un dios mucho más cruel y caprichoso que cualquier editora con complejo de divinidad. Dicho de otra manera... "hay que meter corrección política, hay que meter tik tok, hay que darle algo a las nuevas generaciones".

La idea nuclear de este filme descansa sobre una realidad que incomoda a los románticos de The Devil Wears Prada -yo entre ellos- y es que el carisma de sus protagonistas es el único combustible capaz de mantener encendida una maquinaria narrativa que, en términos de guión, prefiere jugar a lo seguro antes que arriesgarse a una cancelación en redes sociales.

La película triunfa no por lo que cuenta, sino por quiénes lo cuentan, demostrando que la química entre Meryl Streep, Anne Hathaway y Emily Blunt -y un relegado Stanley Tucci- es un fenómeno físico que desafía el paso de los años y funciona muy bien como elenco, pero faltó una estructura dramática que apele a los conflictos profundos más cercanos al público, aunque eso ofrece al incio.

Nos alcanzó el tiempo... a todos

El regreso de Miranda Priestly (Meryl Streep) es, quizás, el punto más fascinante y a la vez más frustrante de esta entrega. Nos encontramos ante una mujer que camina con una camisa de fuerza invisible y la ausencia de tal cosa era lo fascinante del personaje. No es solo la edad lo que ha limado sus espinas, sino un contexto cultural que exige una vigilancia constante sobre cada sílaba.

Miranda ya no dispara sentencias; las procesa, se muerde la lengua y ahora está devenida en la sombra de aquel titán que cautivó al mundo, yo hubiera soportado sus desaires a cambio de aprendizaje.

Hay una tensión palpable en su silencio, una cautela que delata a un personaje que sabe que el mundo ya no tolera su despotismo ilustrado. Verla medir sus palabras, permitirse ser frenada por terceros ¡por Recursos Humanos! es presenciar la domesticación de un mito. Miranda Priestly se ha convertido en un dinosaurio que, por pura inteligencia de supervivencia, ha aprendido a ocultar sus garras bajo guantes de seda, convirtiéndose en una sombra reflexiva de lo que antes era un arquetipo editorial. Este cambio, aunque necesario para el universo de la película en 2026, nos deja con la sensación de que el diablo ha sido finalmente amordazado por el decoro moderno.

Andy, oportunista... ¿nos representa?

Por otro lado, la evolución de Andy Sachs (Anne Hathaway) nos enfrenta a las costuras más evidentes de un guión que padece de una amnesia selectiva. La película intenta dotar a la protagonista de un ropaje de conciencia social, mencionando los dramas humanos que ocurren en los sótanos de la industria: la periodista que teme perder su seguro médico durante un embarazo o la redactora hipotecada por una vivienda inalcanzable, mientras los medios de comunicación mueren una página a la vez.

Sin embargo, estas preocupaciones funcionan como meros accesorios narrativos que se desechan en cuanto dejan de ser útiles para el brillo del personaje. No se trata de una doble moral calculada por el personaje, sino de una falla de escritura que no se atreve a seguir el hilo de sus propias denuncias. Andy salva a su círculo cercano -dos periodistas-, a sus amigos de siempre, dejando que el resto de la redacción siga hundiéndose en la irrelevancia editorial, y aunque no es su obligación, al principio sí la vemos rasgarse las vestiduras por ellos. Es la representación involuntaria de una aristocracia periodística que solo se preocupa por la injusticia cuando esta se le acerca a morderle el tacón -de su zapato prestado-.

La película Michael hipnotiza con música, pero no es profunda

Salí de ver Michael con una certeza incómoda: la película funciona cuando suena la música y falla cuando intenta explicar, porque no lo hace, se queda muy, pero muy en la superficie. Y en el caso de Michael Jackson, esa diferencia no es menor. Porque emocionar es fácil cuando el mito ya está construido; lo difícil es atravesarlo sin romperlo.

Tengo una GaGa en mi sopa

La inclusión de Lady GaGa en el reparto es la evidencia definitiva de los caprichos que dominan la producción cinematográfica contemporánea. Su personaje es el "contenido basura" hecho carne; una figura orbital que, si se eliminara del montaje final, no alteraría en absoluto el curso de la historia. GaGa está ahí para asegurar que la cinta genere los clics necesarios y que las distribuidoras puedan dormir tranquilas con la venta de taquilla... si no es eso ¿cuál es la razón de que la metan en todos lados?

Su presencia es el síntoma de la enfermedad que la propia película finge criticar: esa necesidad de inyectar popularidad artificial a una narrativa que debería sostenerse por peso propio. Es un accesorio de lujo en una trama que ya tiene suficientes joyas.

Y otro abuso... creo que el tema Vogue de Madonna ya deberían dejarlo en paz para montajes de moda porque cumplió su papel en la cultura pop.

Final de cuento de hadas necesario

A pesar de estas grietas, la película es una invitación legítima al disfrute cinematográfico porque entiende su propio ADN. El final de cuento de hadas, que para algunos podría parecer una traición a la crudeza de la vida real, es en realidad el cierre coherente para una franquicia que siempre ha vendido aspiración. Esta entrega no ofrece una crítica social mordaz porque nunca prometió serlo; es una fantasía corporativa donde los problemas se resuelven con un golpe de suerte y un cambio de vestuario.

El guión apostó a lo seguro, evitando la profundidad en favor de una fluidez que permite que la película se consuma con la misma facilidad que una revista de moda en un vuelo. Funciona precisamente porque no intenta ser más de lo que es: un reencuentro funcional que sabe que el público perdonará las fallas de lógica si la iluminación es la adecuada en la pasarela.

La película demuestra que la sola posibilidad de ver a estas tres actrices habitando el mismo encuadre justifica el precio de la entrada. Es un ejercicio de confort audiovisual que nos recuerda que, en un mundo saturado de contenido vacío, el carisma continúa como la moneda más valiosa del mercado. La estructura funciona, la estética seduce y el ritmo no permite el aburrimiento, convirtiendo a este regreso en una pieza que mantiene viva la llama de un estilo de cine que es ideal para una tarde de domingo.

Tenés que verla por la nostalgia, quedate por las actuaciones y salí del cine preguntándote si realmente hemos avanzado tanto desde 2006. Porque lo que esta secuela confirma es que, aunque el diablo ya no pueda gritar, todavía sabe cómo capturar nuestra atención con un simple susurro cargado de desprecio. ¿Es la domesticación de Miranda el precio que debemos pagar por volver a verla?

@gabrielaranafuentes
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