Michael: Hipnotiza con Música, Pero Carece de Profundidad
Farándula

La película Michael hipnotiza con música, pero no es profunda

Salí de ver Michael con una certeza incómoda: la película funciona cuando suena la música y falla cuando intenta explicar, porque no lo hace, se queda muy, pero muy en la superficie. Y en el caso de Michael Jackson, esa diferencia no es menor. Porque emocionar es fácil cuando el mito ya está construido; lo difícil es atravesarlo sin romperlo.

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Biopic Michael, Cortesía
Biopic Michael / FOTO: Cortesía
Gabriel Arana Fuentes
Columna de cine

Periodista cultural todoterreno amante del cine. Ganó el Premio Nacional de Periodismo Cultural en 2017. De la prensa escrita a la digital, ha sido editor, docente y consultor. Además, actor ocasional.

La película logra algo que no todas las cintas consiguen -o lo hacen cada vez menos-: se queda con vos después de salir de la sala. No porque plantee grandes preguntas, sino porque activa recuerdos. Lo que pensás después no nace del guion, nace de todo lo que ya sabías. Es una cinta que no construye su propio peso, lo administra. Dicho de otra manera: la autocensura es casi palpable.

Fan service, ¿y qué?

Desde el inicio deja claro su pacto: esto es fan service. Las escenas musicales no solo son lo mejor, son la razón de ser del proyecto y el porqué hay que verlo en una sala de cine. Ahí hay precisión, ritmo, espectáculo. Funcionan como cápsulas autónomas que podrían sostener la película por sí solas -en ese sentido, recuerda mucho a The Moonwalker- pero también evidencia el problema: todo lo demás está al servicio de esos momentos.

El guión no es superficial por accidente, es una decisión. No busca ser documental, pero tampoco se atreve a ser interpretativo.

Elige una tercera vía: la del retrato controlado. Un Michael casi inmaculado, donde la bondad absoluta es todo y no se cuestiona nada de sus motivaciones, y además, el conflicto siempre viene de afuera. No hay contradicción real, no hay zonas grises. Y sin zonas grises, no hay personaje, hay símbolo: el rockstar que solo quería cantar. El papá malo muy malo y los hermanos partícipes o victimarios por omisión, de Michael.

Aplauso a los actores

El padre Joseph Jackson, interpretado por Colman Domingo, absorbe toda la oscuridad del relato. Funciona como antagonista inmediato, pero simplifica demasiado. La película no intenta entenderlo, solo exhibirlo. Eso vuelve cómodo el conflicto y reduce la historia a una estructura conocida: genio bueno oprimido por un entorno hostil. Eficaz más no profunda. Si tan solo nos hubieran explicado por qué era cómo era el padre, una escena simple que nos diga el porqué de su actuar. En la cinta le dice a Michael niño que es un narizón, en otro par de ocasiones lo agarra a cinchazos. ¿Eso explica a un "villano" y esa infancia cruel y sometida?

En contraste, Jaafar Jackson sostiene el centro emocional con una interpretación que no busca imitar, sino acercarse.

Hay momentos donde el cuerpo, la mirada y el silencio logran algo que el guion no: humanizar y hacernos creer que Michael sigue vivo. Esos destellos son los que hacen pensar que había otra película posible, el actor daba la talla.

Pero la estructura no ayuda. El montaje es fragmentado, casi ansioso. Salta de un momento a otro sin permitir que nada respire. Cada cinco minutos hay una nueva escena, una nueva canción, una nueva subhistoria que sabemos no se desarrollará. No hay pausa, y sin pausa no hay reflexión. La película corre para no detenerse, y en esa carrera evita profundizar.

Hulk Hogan revela al hombre imperfecto y expone la manipulación

El documental Hulk Hogan: Real American funciona cuando deja de intentar explicar al ícono y se limita a darle voz al hombre. De hecho, pregunto al vacío ¿decir Hombre imperfecto es redundar? Lo digo porque eso es lo que muestran estos cuatro episodios.

Mejor no hablar de eso

Ahí aparece la autocensura, no como ausencia sino como estrategia. No se trata solo de lo que no se menciona, sino de cómo se construye lo que sí aparece. La infancia robada está ahí, la evasión también, la necesidad de refugio en lo infantil. Pero todo está suavizado. Se insinúa lo suficiente para no ignorarlo, pero no lo necesario para enfrentarlo. Michael tiene la casa llena de animales y su cuarto es una juguetería y nadie dice nada.

Y eso conecta con un problema más amplio: el biopic moderno promedio ya no busca revelar, busca proteger. Michael no es la excepción. Y eso explica por qué se siente incompleta incluso cuando cumple. También explica la postura de la hija, Paris Jackson, de decir que es una película que no muestra las cosas como fueron, y a su vez, el que no salga Janet Jackson en la cinta. Eso solo genera más dudas.

En medio de esa contención, el personaje de Bill Bray, interpretado por KeiLyn Durrel Jones, funciona como ancla. No protagoniza, observa, reacciona. Y en esa distancia se parece más al espectador que a cualquier otro personaje. Es quien ve lo que ocurre sin poder intervenir, como nosotros.

Al final, la película no fracasa, pero tampoco se arriesga. Funciona como espectáculo, como recorrido emocional, como homenaje. Pero evita el terreno donde podía volverse realmente relevante. Esta cinta se ve que tuvo un presupuesto bajo, bien administrado pero más cercana a una cinta de televisión, en contenido, que una de esas historias eternas. Quien busque entender a Michael no lo va a encontrar aquí. Quien quiera sentirlo, sí. Y en esa decisión está todo lo que la película es... y todo lo que decide no ser. Desde ya se intuye una trilogía, porque esta película relata lo que ocurre de los 1960 tardíos a los 1980. Seguro vendrá otra cinta. Quizá entonces se hable de polémica.

@gabrielaranafuentes
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