El cine nunca ha sido inocente. Los Óscar tampoco, no nos engañemos.
Cada año surge de nuevo el tema de pedir a los actores que dejen la política fuera del escenario. La idea suena bien en un discurso viral -y aunque Ricky Gervais tuvo mucha parte de razón cuando lo dijo en los Golden Globes- ignora una realidad básica: desde su nacimiento el cine funcionó también como herramienta ideológica. Hollywood no inventó esa lógica, pero la perfeccionó, que no se haga el que no sabía.
Por eso resulta ingenuo esperar que la ceremonia cinematográfica más visible del planeta ignore el clima geopolítico del momento. Las películas no existen en el vacío y las premiaciones tampoco. Este año la categoría de Mejor película parece dividirse en tres territorios muy claros. Acá un par de apuntes, a ver si coincidimos.
Pooor cierto, este domingo durante la transmisión están más que invitados a que nos acompañen en el minuto a minuto de la entrega, acá en las redes de Emisoras Unidas.
El espectáculo técnico no es lo único
F1 pertenece a esa tradición de cine con testosterona que la Academia respeta, aunque casi nunca corona en esa categoría, para ello tiene su propio apartado. Brad Pitt interpreta a un piloto veterano que regresa a las pistas para luchar contra el tiempo y su propio ego y el de terceros. La película funciona como una máquina bien calibrada: cámaras veloces, sonido agresivo, carreras filmadas con precisión quirúrgica. Y la dupla con Javier Bardem... más que creíble. Esta cinta es adrenalina pura y más para los pasados de los 40: hombre o mujer, no importa, nos preguntamos acerca del tiempo y lo que hemos hecho con él.
El problema es que la categoría principal del Óscar suele exigir algo más que destreza técnica. Las películas sobre velocidad suelen ganar premios de edición o sonido, no la estatuilla mayor, seguro le irá bien en esos apartados, no tiene mucha competencia.
El cine de autor que incomoda a la Academia y lo premia poco
En el extremo opuesto aparecen propuestas más arriesgadas, y no se olvide que recién se premió la obra de Yorgos Lanthimos.
Su obra, Bugonia, transforma una conspiración absurda en sátira feroz sobre corporaciones y paranoia digital. Dos primos secuestran a una ejecutiva farmacéutica convencidos de que es una alienígena. El delirio se convierte en comentario social. Amé está película por lo loca, pero no ganará.
Algo parecido ocurre con Sinners. Ryan Coogler sitúa a Michael B. Jordan en los años 1920, como los gemelos veteranos de guerra que solo desean abrir un bar. Vampiros, racismo y memoria histórica se cruzan en una historia que mezcla terror con denuncia cultural.
Ambas películas poseen personalidad, innovan o recuperan cosas que ya no se ven en la gran pantalla. Justamente por eso parecen apuestas difíciles para la Academia, simplemente, el cine ya no es así.
También entra en esta zona The Secret Agent, de Kleber Mendonça Filho. La película revisita el Brasil de las dictaduras militares desde la mirada de un académico que tiene una bala a su nombre. Paranoia política, atmósfera setentera y momentos oníricos que recuerdan episodios conocidos en la historia del continente. Los Óscar no siempre premian ese tipo de incomodidad.
Para mí, es una obra que te deja pensando, además, vemos al Brasil de las postales... es como el primo mayor que vive en el extrangero y con quien hablamos poco.
Frankenstein, mmm, revisitar clásicos no siempre es garantía de premios. Y esta cinta ya no suena tanto en redes. Tiene sello de garantía, sin duda la recomiendo... pero hasta ahí. Guillermo del Toro muestra al monstruo (Jacob Elordi) puro, como un ser en comunión con la naturaleza; el verdadero drama es la ambición del doctor Víctor Frankenstein (Oscar Isaac), un científico que se pudre por dentro.. sumo algunos cambios en el guión que hacen de esta una visita fresca a la obra de Mary Shelly. En fin... el premio fue la nominación y creo que lo mismo ocurrirá con Sentimental Value y Train Dreams.
La monarquía de Hollywood y premiar a los mismos...
Aquí aparece Hamnet.
Chloé Zhao adapta el universo de William Shakespeare con una historia sobre duelo y redención. Jessie Buckley interpreta a Agnes en un relato íntimo y emocional. Y el talento de ambas no está en discusión. La cinta sin duda merece su puesto. Pero el verdadero peso está detrás de la cámara. La producción reúne a Steven Spielberg y Sam Mendes. Dos nombres capaces de inclinar conversaciones —y decisiones— dentro de Hollywood. Ese tipo de respaldo convierte a Hamnet en la opción segura de la noche.
La posible sorpresa, que no lo sería tanto
Marty Supreme podría romper la lógica. Josh Safdie convierte el ping-pong en una historia nerviosa ambientada en los años 1950 en la que Timothée Chalamet interpreta a un estafador obsesionado con la fama. La Academia a veces premia ese tipo de riesgo... aunque ciertas declaraciones recientes de Chalamet quizá complicaron la campaña. Dijo que la Ópera y el Ballet ya son anacrónicos... Dude, you screwed up!
La película que ganaría si el premio fuera solo cine
Mi apuesta apunta a One Battle After Another. Paul Thomas Anderson vuelve a adaptar el trabajo de Thomas Pynchon y construye una comedia de persecuciones, balas y diálogos absurdos. Leonardo DiCaprio interpreta a un exrevolucionario perseguido mientras Benicio del Toro y Sean Penn completan un trío memorable. Todo mi dinero a esa mano.
Es una película cínica, divertida y con una lectura incómoda: quizá en el Norte tampoco vive su mejor momento. Por eso sospecho que no ganará porque los Óscar rara vez premian solo el cine. También premian el clima cultural del año.
Mi predicción racional apunta a Hamnet.
Mi lado conspiranoico observa a Marty Supreme.
Pero si la decisión dependiera de mí, la estatuilla iría para One Battle After Another.
Seguro me equivoque, pero no pasa nara.
Para prueba, un TikTok
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♬ sonido original - Gabriel Arana Fuentes
@gabrielaranafuentes



