Nos venden estructuras inmaculadas donde los conflictos se resuelven con abrazos estériles antes de los créditos, perpetuando un ideal inalcanzable con una sonrisa eterna corriendo al horizonte. En Criaturas luminosas (Remarkably Bright Creatures), dirigida por Olivia Newman y basada en la novela de Shelby Van Pelt, no.
Esta escupe sobre ese molde de plástico. Entiende que no existen linajes sin fracturas y que las heridas exigen su cuota de frustraciones antes de permitirnos caminar junto a otro ser humano sin la espesa barrera de la desconfianza. La cinta, recién aterrizada en el catálogo de Netflix, camufla bajo el disfraz engañoso de una fábula dominguera una radiografía punzante sobre el duelo. Demuestra con pulso firme que la redención real germina únicamente en la cruda imperfección. Y es una fábula moderna, porque acá el narrador es un pulpo en cautiverio, le habla al espectador y lo hipnotiza. Conmigo lo hizo esa mañana de domingo.
La disección del cautiverio voluntario
Tova (Sally Field) y Cameron (Lewis Pullman) no son héroes de su propia narrativa, sino náufragos en un pueblo portuario y nublado pero acogedor. Ella arrastra la viudez y la muerte del hijo único, hace más de 30 años, como una condena silenciosa; él apenas ha tragado el fango de la orfandad y el abandono y ahora quiere conocer su origen. No buscan salvarse mutuamente guiados por una moralidad barata, solo apoyarse. El dolor y el luto no desaparecen mágicamente, simplemente ambos aprenden a coexistir con el vacío, unidos por casualidad, en el acuario para el que trabajan como personal de limpieza. La película acierta al exponer esta brújula involuntaria entre generaciones, negándose a dictar cátedra sobre procesos de sanación. El crecimiento emocional de la dupla es brutalmente intermitente. Abundan los retrocesos y las recaídas constantes en una inmadurez desesperantemente humana. Te juro, has estado ahí y por eso te atrapa la cinta.
El pulpo Marcellus, uno de los prisioneros del acuario, funciona como el bisturí inclemente que disecciona esa frustración existencial, erigiendo su voz como una sentencia filosófica. Encerrado tras un cristal, el cefalópodo observa a estos bípedos, estos primates que gozan del lujo absoluto de la libertad y deciden desperdiciarla en lamentos estériles. Es un guiño retorcido a Saint-Exupéry: si lo esencial es invisible a los ojos, lo que Marcellus percibe es la ceguera voluntaria de una especie que prefiere ahogarse en vasos de agua antes que asumir sus decisiones y nadar en el océano.
El abismo de las coincidencias tolerables
Toda obra cinematográfica tiene fisuras. La relación entre Tova y Cameron abusa de las casualidades cósmicas, bordeando la frontera de un realismo mágico forzado por la trama. Sin embargo, el milagro narrativo ocurre porque la ejecución resulta implacable. El ritmo de montaje, que comprime semanas en menos de dos horas, mantiene intacta la credibilidad al no perdonar los errores de los protagonistas. Cuando las fracturas estallan, los personajes meditan, retroceden y piden disculpas. La cinta rechaza la impunidad emocional de pretender que nada pasó. Lo que se rompió deja una cicatriz visible, estableciendo una dinámica sólida y alejándose del melodrama cursi.
El veredicto del acuario
Este enfoque directo choca de frente con la etiqueta inofensiva de "cine familiar". Se trata de un producto excepcionalmente bien ejecutado que incomoda lo justo, diseñado para perturbar levemente a la masa consumidora un domingo por la tarde. Es accesible y cómoda, sí, pero sumamente educativa en su subversión silenciosa de las jerarquías tradicionales y los falsos finales felices. La familia no es sólo papá, mamá, hermano y hermana. La familia también es un grupo de personas que deciden cuidarse entre sí.
Criaturas luminosas utiliza la ternura aparente como un caballo de Troya para infiltrar una crítica devastadora sobre nuestra incapacidad para comunicarnos. Celebramos con sonrisas complacientes que un pulpo hable porque resulta mucho más fácil asimilar las lecciones de un animal cautivo que mirarnos al espejo y aceptar la cobardía emocional. La próxima vez que la pantalla exija empatía hacia un animal generado por computadora, valdría la pena cuestionar por qué necesitamos que una bestia marina nos grite que estamos escupiendo sobre nuestra propia libertad. Es la maravilla de esta cinta, una fábula inesperada y sumamente agradable. Cierro diciendo, es para verla con los más grandes de la casa.
@gabrielaranafuentes




