La incursión cinematográfica de The Mandalorian, disponible en Disney Plus, no hace el menor esfuerzo por ocultar sus costuras metálicas pegando un fotograma con otro, a veces a la fuerza. Se siente, de principio a fin, como una amalgama de cuatro o cinco episodios ensamblados a la fuerza, articulados bajo esa vieja y pragmática técnica del cine popular italiano: soltar un latigazo de acción cada cinco minutos para evitar, a toda costa, que una audiencia con déficit de atención pierda el interés, no hay historia, hay acción.
Y, sin embargo, ocurre un fenómeno curioso en medio de esta aceleración narrativa: si el espectador hace las paces con las reglas del cine actual, la fórmula funciona de manera sorprendentemente entretenida y posee un orden lógico entendible. Me gustó, pero no la vuelvo a ver... como producto Star Wars funciona.
Mejor que la temporada 3, al menos
Para entender el mérito de esta cinta, hay que recordar el abismo del que venimos. Tras un inicio brillante, sufrimos un estrepitoso declive de calidad en las últimas temporadas —un desastre narrativo donde Din Djarin fue relegado de forma humillante al fondo del salón, convirtiéndose casi en un espectador pasivo de su propio programa—.
Esta película, que he tardado meses en sentarme a ver sin esperar absolutamente nada de ella, actúa como una corrección de rumbo necesaria. Es decir, mejoró el camino.
Es una maniobra que le devuelve la centralidad absoluta al protagonista, rescatando intacto el espíritu fundacional de las dos primeras temporadas. El dogma This is the way recobra su significado original. Volvemos a la esencia más pura del space western: el vaquero de armadura resplandeciente, el cazarrecompensas implacable que, convertido en un ejército de un solo hombre, llega a un rincón olvidado de la galaxia para imponer su propia ley frente a los remanentes imperiales y salvar el día. La importancia de llamarse "Mando" radica precisamente en eso.
La cinta asume su identidad de producto "infantil y familiar" sin complejos. Aquí no hay sangre, no hay crueldad desmedida, ni siquiera vemos un solo rasguño superficial sobre la impecable armadura de beskar, o gota de sangre; el protagonista transita por el metraje rozando una invencibilidad que reafirma su condición de figura mítica.
Es Star Wars, no va ser profunda
Pero exigirle personajes aspiracionales, hondura psicológica o diálogos con frases célebres a un western espacial bajo la estricta firma de Disney es un error de cálculo por parte de la audiencia. La casa del ratón jamás apostará sus franquicias más rentables a la ruleta del riesgo. Quien busque la densidad política, el filo dramático y la subversión de una obra maestra como Andor, se ha equivocado de sala.
Aquello fue un salto al vacío; esto es un producto diseñado milimétricamente para ir a la segura, alimentado por fan service, desfiles de clones y un catálogo de guiños a las primeras trilogías que quienes estudiamos el medio identificamos al instante para complacer a las masas. Más escenas para vender juguetes.
Dentro de esa zona de confort intencional, el guion —básico, predecible y minado por momentos con agujeros garrafales— acierta en la incorporación de nuevos personajes secundarios que se suman al tejido de manera bastante orgánica. Resulta refrescante la exploración visual de escenarios oscuros y viciados, con estéticas de corte cyberpunk que evocan lo poco que este universo suele mostrar de los peligrosos niveles inferiores de Coruscant, incluyendo bestias y peleas clandestinas. Sin embargo, se desaprovechan oportunidades narrativas que habrían aportado un peso invaluable al relato.
El caso más evidente es la aparición de Rotta, a quien conocimos siendo apenas una cría en los albores de la cinta animada de The Clone Wars y que ahora se nos presenta como un Jabba adulto; su presencia pedía a gritos un mayor desarrollo en pantalla para explotar su linaje criminal, algo que el metraje le niega.
A este desperdicio de antagonistas potenciales se suma el estancamiento crónico de Grogu. Ante la ausencia total del concepto y la filosofía Jedi en este rincón del universo, el peso del misticismo recae exclusivamente en sus pequeños hombros, y aunque tiene sus momentos, la ejecución es fallida. Antes se presentía, pero ahora es un hecho innegable: los creadores no saben qué hacer con él. Se percibe una parálisis creativa evidente; le otorgan escenas únicamente para que registre tiempo en cámara y venda mercancía, pero son incapaces de darle profundidad narrativa a un coprotagonista que sigue sin articular palabra. Como resultado, sus intervenciones se limitan a rellenar cuotas visuales sin empujar la trama.
Donde la película exige un escrutinio más severo, y donde la ilusión de la superproducción se resquebraja por completo, es en su apartado técnico. Hay una falta imperdonable de render en las secuencias que requieren mayor carga de animación por computadora. Las texturas inacabadas delatan a gritos que el estudio no le inyectó el presupuesto suficiente o que los animadores sufrieron plazos de entrega asfixiantes. No tengo evidencia, pero no lo dudo, pasa en Guate y el mundo.
Las coreografías de combate y de acción básica cumplen con su función de dinamismo y son convincentes, pero jamás llegan a ser realmente impresionantes. A esto se le suma una edición acelerada que resuelve todo demasiado rápido, sin permitir que la tensión dramática respire.
Como cereza de este extraño pastel técnico, la dirección tropieza con decisiones estéticas incomprensibles. A mitad de algunas secuencias de acción, el formato de la imagen cambia de manera abrupta y sin justificación, saltando de pronto de un formato wide screen panorámico a encuadres en 4K que desorientan al espectador. Es una rareza técnica muy particular que rompe la inmersión y evidencia una falta de rigor en la unificación del montaje final de la obra.
Esta entrega de The Mandalorian es exactamente lo que promete ser: una película de acción adolescente y familiar. Pese a sus costuras expuestas, sus problemas de renderización, la planitud de algunos personajes y su profundo conservadurismo corporativo, la película es honesta consigo misma. Si decidís no tomártelo demasiado en serio, si logras hacer las paces con el hecho de que estás viendo una amalgama de episodios de televisión glorificados en formato continuo, te vas a encontrar con una cinta predecible, sin duda, pero indudablemente entretenida. Y en una época donde las megafranquicias suelen fracasar en lo más básico, salir frente a la pantalla habiendo pasado un buen rato es un triunfo que vale la pena recomendar.
@gabrielaranafuentes




