Apagar las luces, sentir un escalofrío y la adrenalina a flor de piel mientras el corazón se acelera ante la inminente aparición de un monstruo. Para muchos, las películas de terror son un plan recurrente, especialmente en fechas como Halloween.
Pero, ¿qué nos impulsa a buscar voluntariamente una experiencia que genera miedo, tensión e incomodidad? La ciencia ofrece una respuesta compleja que va más allá de la simple búsqueda de adrenalina.
Expertos en psicología, neurociencia y comportamiento humano sugieren que esta fascinación se debe a una combinación de factores.
Entre ellos, destacan la oportunidad de experimentar emociones intensas en un entorno completamente seguro, la innata curiosidad por las amenazas y las variaciones individuales en cómo cada persona reacciona al miedo.
El miedo es una emoción vital que cumple una función esencial: nos ayuda a detectar peligros y a preparar respuestas ante posibles amenazas.
Cuando una película de terror nos sumerge en una escena donde un peligro parece inevitable o una figura aparece de repente, el espectador puede experimentar reacciones físicas y emocionales genuinas, a pesar de ser consciente de que se trata de ficción.
El cuerpo reacciona: el pulso se acelera, los músculos se tensan y la atención se concentra en cada sonido y movimiento en la pantalla.
Si bien la amígdala cerebral juega un papel crucial en el procesamiento de estímulos amenazantes, la experiencia del miedo es multifacética y no depende de una única región cerebral. Intervienen también sistemas relacionados con la percepción, la memoria, la interpretación del contexto y la regulación de las respuestas emocionales.
Por ello, es impreciso afirmar que el cerebro transforma automáticamente el miedo en placer mediante una descarga de dopamina o endorfinas. La realidad es mucho más compleja y aún existen interrogantes sobre cómo se entrelazan la activación fisiológica y la experiencia subjetiva del disfrute.
El estudio lo revela
Una investigación publicada en 2020 en la revista Psychological Science, titulada Playing With Fear: A Field Study in Recreational Horror, arrojó luz sobre este fenómeno. Marc Malmdorf Andersen y su equipo estudiaron a 110 personas que visitaron una atracción de terror, monitoreando su frecuencia cardíaca y solicitándoles que evaluaran sus emociones.
Los investigadores descubrieron una relación en forma de U invertida entre la intensidad del miedo y el nivel de disfrute durante momentos específicos de la experiencia.
Esto significa que el placer tendía a ser mayor cuando el miedo se mantenía en un nivel intermedio, sin ser ni demasiado bajo ni excesivamente alto.
Este hallazgo explica por qué un buen susto puede ser emocionante, pero la experiencia deja de ser agradable cuando la angustia supera un cierto umbral.
Es importante señalar que este estudio se realizó en una atracción de terror y no en una sala de cine, por lo que sus resultados, aunque valiosos para el miedo recreativo, no deben generalizarse automáticamente a todas las películas ni a todos los espectadores.
Más allá de la adrenalina, surge otra pregunta fundamental: ¿por qué nos sentimos atraídos a conocer aquello que nos asusta? En 2022, los investigadores Coltan Scrivner y Mathias Clasen abordaron esta cuestión en su artículo Why frightening imaginary worlds? Morbid curiosity and the learning potential of horror, publicado en Behavioral and Brain Sciences.
Los autores postulan que la curiosidad mórbida, definida como el interés por obtener información sobre situaciones peligrosas, amenazantes o perturbadoras, contribuye significativamente al atractivo de las historias de terror. Observar cómo los personajes enfrentan una amenaza nos permite explorar escenarios que, en la vida real, evitaríamos a toda costa.
Una casa abandonada, una presencia inexplicable o una epidemia ficticia son elementos que desencadenan preguntas que impulsan la narrativa: ¿qué está pasando?, ¿quién está en peligro?, ¿qué sucederá después? La incertidumbre mantiene la atención del público y alimenta el deseo de descubrir las respuestas.
Esta perspectiva también ayuda a comprender por qué el terror no se limita a mostrar imágenes aterradoras. El suspenso, las pistas incompletas y la anticipación de un peligro inminente pueden ser tan o más importantes que el sobresalto en sí. El espectador desea saber qué ocurrirá, incluso cuando intuye que el desenlace podría ser desagradable.




