Hannah Murray alcanzó el reconocimiento interpretando a Cassie Ainsworth en la serie Skins y posteriormente como Gilly en Game of Thrones durante cinco temporadas. Sin embargo, detrás de su carrera exitosa en Hollywood y su licenciatura en Literatura Inglesa de Cambridge, se escondía una sensación constante de vacío.
A los 27 años, esa búsqueda desesperada de sentirse especial la condujo directamente hacia una secta de bienestar que transformaría su existencia. Según relató a The Guardian en mayo de 2026, la industria del entretenimiento ofrecía una ilusión temporal de ser elegida para papeles, pero ese sentimiento de importancia desaparecía una vez que los proyectos terminaban.
Murray describe esta experiencia como estar atrapada en "una rueda de hámster" buscando constantemente la próxima cosa que la haría sentir increíblemente especial para siempre. El agotamiento provenía del acoso de fans, críticas sobre su peso, presiones de directores de casting, además del alcohol, drogas y sexo desesperado.
Fue durante este período vulnerable cuando descubrió a una "sanadora de energía" llamada Grace. Cabe destacar que, una sesión de 150 dólares llevó a clases místicas, que condujeron a la organización.
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Murray reconoce haber estado predispuesta a creer en lo sobrenatural por su amor a Harry Potter, deseando desesperadamente que existiera un mundo mágico bajo la superficie de la realidad. El punto de quiebre llegó durante un curso de cinco días en un hotel de Londres. Murray experimentó alucinaciones, escuchaba la voz del líder del grupo llamado Steve en su cabeza y hablaba "a un millón de palabras por segundo".
Una noche se encerró en el baño experimentando un episodio psicótico que describió como "dar a luz por el cráneo".
Los miembros rodearon el cubículo con herramientas de bronce mientras cantaban para alejar espíritus malignos. Tras ser internada durante 28 días en el hospital Gordon en Bloomsbury bajo la Ley de Salud Mental británica, le diagnosticaron trastorno bipolar.




